miércoles, mayo 09, 2012
Para mi madre
Sigo parada con un regalo entre las manos cada diez de mayo, por si apareces. Treinta y un años te he esperado. No te llevaré flores a donde tu cuerpo yace, porque deseo que llegues para abrazarte, y decirte, con voz de niña que eres la más hermosa del mundo.
Soy la misma niña de cabello negro, largo, que se quedó vesitida de hormiguita aquel primer diez de mayo, que marcó tu primera ausencia. Mamá, los años pasan, tengo el privilegio de ser madre de dos hermosos niños. Si pudieras tocar a tus nietos.
Madre, me has hecho mucha falta, mucha, ha sido un largo camino de ausencia, de vacío, de preguntas, de vidas posibles.
Lo único que me queda de ti, además de algunas fotos es esa cicatriz de vientre que compartimos madre, el ombligo que nos unió por tanto tiempo, y dos o tres recuerdos que de repente, parecen como llenos de humo.
No así mi cariño, que permanece intacto, como si fuera ayer el día en que rezamos juntas, en que sin decir más nos despedimos, y sí madre, sí recé a tiempo como me pediste. Y siempre madre, siempre me harás falta.
miércoles, marzo 28, 2012
Mar II
Cada noche, casi como un ritual a media luz, busco las fotos del mar.
Me recuerda el libro de El Don del mar que heredé de mi madre y que releí en muchas ocasiones. El mar me remite a lo que no conocí con mi madre, a donde fui una sola vez con mi padre.
Estoy segura de que me recuerda mi origen, el cálido vientre de mi madre. La espera de mi padre. Después leo las redondas letras que mi madre escribía para contarle a la tía Andrea que ya era capaz de hablar todo en diminutivo, o bien que ya comía huevito.
Veo el mar y me recuerda lo que amo y tengo lejos, me remite a la imposibilidad de todo lo que no se puede dar, y me remite a su sonido.
La noche en que pisamos Tulum, nos cubría un negro cielo estrellado, imposible ver el mar, solo podía escucharlo. Así que volví al él por el oído, me tiré en un camastro y extendí mi mano para escribir mi nombre sobre la arena.
Como si escribiera: aquí dejo un pedacito de mi alma, en esta arena blanca, limpia, llena de diminutas conchas, de pequeñísimos cangrejos.
Entro al mar y me acuesto sobre su agua, me dejo llevar con su corriente, en esa agua azul celeste que me recuerda que esos momentos son únicos, asi que cierro los ojos y me dejo arrastar por la corriente, no importa a donde me lleve, siempre habrá una piedra pequeña, bajo la escalera café, donde habita un recuerdo que en silencio me pertenece.
viernes, enero 06, 2012
Lo que en el agua del mar se queda
Pasan los días y no puedo escribir. Algo se me ha ido últimamente y no se si las palabras lleguen a mí como llegaban antes, como una visitación. Lo cierto es que extraño hasta la sensación física de que aquello llegaba, y me revolcaba en un mar de lágrimas, y aquello duraba días, semanas, o meses.
Ansío sentirme en el mar, flotar en sus aguas que adormecen la vista, que adormecen el cuerpo y los sentidos. Extraño el agua salada y el cielo nublado. La sensación de dividirme en dos mientras al nadar veía el sol.
Extraño la arena entre los dedos, el azul del mar, el sonido del agua cuando rompen las olas. Los cangrejos dimiutos y casi transparentes que se pasean sobre esa superficie blanca y arenosa.
Extraño el sol, los recuerdos que me llegaban mientras veía el arrecife desde el parador.
Quiero ver a mis hijos coleccionar conchas a la orilla de la playa. Las bolsas de sus bañadores henchidas de formas que el mar regala como si fueran trozos de secretos.
Daniel flotaba plácido y se dejaba llevar por las olas, sus recuerdos llegaban y lo abrazaban, volvían y se marchaban. Lo veía adormecerse en el suave ritmo del mar. Los secretos que él y el mar se guardan, los secretos que él y yo nos decíamos sin palabras en medio de las mansas aguas de ese mar, bajo un cielo azul y nublado.
viernes, noviembre 11, 2011
Sesenta y cinco
No puedo imaginar canas sobre tu larga y perfecta cabellera negra. No puedo imaginar arrugas en tu perfecto rostro, ni lerdo tu andar. No puedo imaginarte en ropa holgada, de esa que esconde el paso del tiempo en nosotras las mujeres.
Tus trajes sastres perfectos, entallados a tu delgado cuerpo, tus medias, tacones altos. La edad perfecta, madre. Te fuiste en la edad perfecta.
Ahora pienso que sí, que nos faltaron muchas cosas por vivir, y que sin embargo, moriste bella y joven, y así permaneces en mi recuerdo, intacta, bella y perfumada. Joven y bella. Perfecta.
Este andar ha sido largo sin ti, pero cuando pienso en tu amor por lo bello, me gusta pensar que lo te fuiste bella, intacta y casi viva.
No te imagino de abuela, ni doliéndote de las ausencias, o de la muerte de mi padre, o quejándote de los males de la edad, ni viviendo la vida que corresponde a tu década.
Fuiste siempre una princesa, la mía, la de los cuentos, la de mi vida, la que me dio vida, la que me vio caminar, comer, reír. Esta semana me acordaba de lo que te preocupaba mi cicatriz por la apendicitis, mami, nunca usé bikini, en ninguna playa.
Acabo de regresar de una visita a un mar azul, donde nadie sola, o con mi amado, o con mis hijos. Desde mi silla se contemplaba esa azul en el que se pierde lo real de lo imaginario.
Y en mi tocador, descansa siempre un chanel, que me acerca a tu aroma, o a lo que usaras ahora, o a lo que fuera tu recuerdo.
Feliz cumpleaños princesa de mi cuento, te extraña la reina de tu vida.
sábado, septiembre 24, 2011
Literatura, territorio oscuro de la realidad.
Leo como parte de un curso de la maestría "El hombre sin cabeza", de Sergio González Rodríguez. El asunto es que leerlo se ha convertido en una batalla personal. Si bien inicia como un ejercicio narrativo que parece muy interesante, a medida que el ejercicio es rebasado por la realidad, produce en mí, desasosiego, insomnio, lágrimas.
¿Es necesario leer obligadamente algo que me duele, que personalmente me cuesta, que me dejará perturbada por un buen rato? en qué momento la realidad ha rebasado la ficción y ¿en qué momento la realidad es tan avasallante que resulta atroz e incomprensible?
Y entonces paso por aquí y escribo esto, solo para dejar constacia que la literatura también empuja a territorios oscuros, a cosas que no quisiéramos saber, ni conocer, y que desafortunadamemente no es más que producto de la realidad.
Y ahora, que lo he escrito, puedo respirar. Un poco. Aunque el desasosiego sigue apoderándose de mi. Ahora veo a mis hijos, uno leyendo, el otro viendo tele, y quisiera entrar en sus mundos, solo para sentirme a salvo.
No cabe duda, vivir en la ignorancia, también produce felicidad.
domingo, septiembre 11, 2011
11S Detrás de Occidente
Las letras son signos y palabras; significados. Ahora escucho nombres.
Decir que murieron tres mil ocurre en segundos, escuchar cada nombre, cambia todo.
Al final la voz de una hija, una esposa. O un hijo, un esposo, un padre, o un amigo.
Cobra sentido.
Detrás de la vida, la muerte.
O un homenaje a la vida. O la guerra.
De pronto pasaron diez años.
Escucho las pausadas voces que dictan. Tres mil nombres.
Suenan como el primer día.
Dicen lo mismo, sienten lo mismo, se preguntan lo mismo.
Tres mil historias por contar. Y una guerra.
Y otros miles de muertos, ¿cuántos?
Detrás habita el dolor, la incommprensión, el rencor.
Derás del Memorial: una fuente y una placa con nombres.
Detrás de esa fuente-abismo las almas de todos los muertos en Oriente
Voces de inocentes silenciadas.
Detrás el olvido.
Detrás de Occidente, Oriente
o a caso, ¿podrán algún día verse de frente?
miércoles, agosto 31, 2011
Cuando la realidad nos alcanza: Casino Royale
Recostada en el sillón vainilla de mi sala, leo un libro que trata del cadáver de una muerta famosa. No me veo en ella, nada de ella en mí, nada de mí en ella.
El viento levanta la ligera cortina de papel que cae de mi lado derecho, y me deja ver y oler la lluvia. Oirla. Y me llegan como en torrente las imágenes de los muertos del Casino Royale.
Sus voces, sus pasos, sus gemidos, su miedo. Imagino sus últimas llamadas, sus últimos pensamientos. Las más de cincuenta historias por contar: el anillo de compromiso que aguardaba a Jenny, el bebé en vientre de su joven madre (puedo llorar su miedo), la mujer ahora viuda imaginando a su esposo en el interior, y tantas historias más para las que la ficción no alcanza, porque la rebasa.
Puedo imaginarme lo que con esta lluvia sienten los huérfanos de esa tragedia, la lluvia que triste caía ese mismo día horas después de la tragedia. Seguro esos pequeños se asomarán por la ventana y estarán esperando a que su madre llegue, los meta a bañar, les revise la tarea, les haga de cenar y les de un beso en la frente.
Esos niños, esos hombres, esas mujeres que se quedaron sin alguien en casa. Casas vacías, dolidas, menguadas. Casas vacías, una voz menos, o dos, y hasta tres. ¿Cómo será la casa de las tres hermanas que se fueron juntas en el fuego?
Ahora llueve, y en esta ciudad nada cambia, somos los mismos.
Los mismos.
lunes, agosto 22, 2011
Días comunes
Días comunes acechan mi calendario. Nada nuevo bajo el sol. Parece que la rutina me espera puntual para el paseo diario. Las mismas cosas a la misma hora por las mismas calles. Días comunes.
Fui al médico, nada de importancia. Fue amigo de mi padre. Mientras el hablaba y me explicaba el tratamiento tan didáctico como siempre, yo veía distraída sus canas.
Me preguntaba cuántas canas tendría mi padre ahora, y mientras pasábamos a temas cotidianos me preguntaba si mi padre se sentiría como su amigo me cuenta que se siente ahora.
Mi padre murió diecihoco días después de las torres gemelas de Nueva York, del 11 S.
El día del 11S fue la última vez que estuvo hospitalizado, inmóvil, sin poder hablar entonces, recibía la noticia de la caída de las torres, desde una pequeña televisión en el hospital. Sus ojos delataban asombro. Y el espectáculo del mundo apenas empezaba.
Entonces el mundo no había cambiado tanto. Ahora Estados Unidos está prácticamente en bancarrota, Europa entera desestabilizada por distintos factores, Medio Oriente buscando libertad, México hundido en el narco, Asia a la espera como un gato al acecho de que Estados Unidos quiebre y se instaure, entonces, por fin, la era de dominio asiático.
Mi doctor seguía hablando, me revisaba, me explicaba y yo volteaba al techo, a ver las luces. Cuántas veces estuve en ese consultorio. Cuántas en el consultorio de mi padre. Los dos tenían tonos verdes.
Sería mi padre mi médico, con el que hablara de si quiero o no tener más hijos, de la edad, de la vida, de la política. Qué diría mi padre ante este franco desorden que padece el país. Que diría del Seguro Social del que vaticinó sus problemas hace más de treinta años.
¿Qué diría?, ¿cómo sonaría su voz ahora?, ¿que diría de mis hijos?, ¿que diría de mi vida?, ¿qué podría yo contarle de nuevo?, ¿qué me aconsejaría a esta altura de la vida?
Así salí del consultorio de su amigo, con el remedio en mano y cargando un costal de dudas. Después llegar a casa, a preparar la cena y a seguir masticando dudas, a seguir con la vida. Faltaba más, diría mi padre.
Fui al médico, nada de importancia. Fue amigo de mi padre. Mientras el hablaba y me explicaba el tratamiento tan didáctico como siempre, yo veía distraída sus canas.
Me preguntaba cuántas canas tendría mi padre ahora, y mientras pasábamos a temas cotidianos me preguntaba si mi padre se sentiría como su amigo me cuenta que se siente ahora.
Mi padre murió diecihoco días después de las torres gemelas de Nueva York, del 11 S.
El día del 11S fue la última vez que estuvo hospitalizado, inmóvil, sin poder hablar entonces, recibía la noticia de la caída de las torres, desde una pequeña televisión en el hospital. Sus ojos delataban asombro. Y el espectáculo del mundo apenas empezaba.
Entonces el mundo no había cambiado tanto. Ahora Estados Unidos está prácticamente en bancarrota, Europa entera desestabilizada por distintos factores, Medio Oriente buscando libertad, México hundido en el narco, Asia a la espera como un gato al acecho de que Estados Unidos quiebre y se instaure, entonces, por fin, la era de dominio asiático.
Mi doctor seguía hablando, me revisaba, me explicaba y yo volteaba al techo, a ver las luces. Cuántas veces estuve en ese consultorio. Cuántas en el consultorio de mi padre. Los dos tenían tonos verdes.
Sería mi padre mi médico, con el que hablara de si quiero o no tener más hijos, de la edad, de la vida, de la política. Qué diría mi padre ante este franco desorden que padece el país. Que diría del Seguro Social del que vaticinó sus problemas hace más de treinta años.
¿Qué diría?, ¿cómo sonaría su voz ahora?, ¿que diría de mis hijos?, ¿que diría de mi vida?, ¿qué podría yo contarle de nuevo?, ¿qué me aconsejaría a esta altura de la vida?
Así salí del consultorio de su amigo, con el remedio en mano y cargando un costal de dudas. Después llegar a casa, a preparar la cena y a seguir masticando dudas, a seguir con la vida. Faltaba más, diría mi padre.
jueves, agosto 18, 2011
De escribir y otras pasiones
Ayer leí un artículo de Angeles Mastretta en Letras Libres. Me acuerdo cuando leía sus libros y decía: quiero escribir como ella. Sus recuerdos me llevaban de la mano. Mis ojos crecían con sus mujeres, encontraba a alguna conocida en cada personaje.
Esta vez su columna trataba de una máquina vieja en la que empezó a escribir. Y allá voy, de su mano a mis recuerdos: yo aborrecía las máquinas. Prefería las hojas sueltas o los cuadernos.
Siempre quise tener un diario, de esos secretos, de los que no puede abrir nadie. Pero nunca lo tuve.
Recuerdo haber escrito mis primeras cosas en libretas de taquigrafía de las rojas y esconderlas bajo el colchón de mi cama. Tampoco duraban gran cosa. Casi siempre tenían destinatario.
Escribía para inventarme mundos posibles. Era escuchada a través de las cartas que le escribía a mi madre. Me creaba situaciones románticas con cartas incipientes que nunca tuvieron éxito.
Al paso de los años, lo único que queda de la escritura es este intento de diario, que de algún modo atestigua mi vida. Hay días en los que el desasosiego llega, se instala y me dicta. Hay otros como hoy, en los que viajo de la mano del recuerdo de alguien, que me lleva a los míos. Y cuando publico el texto, siento que mi carta se va mar adentro, en una botella. Nunca sabes quién te leerá.
Esta vez su columna trataba de una máquina vieja en la que empezó a escribir. Y allá voy, de su mano a mis recuerdos: yo aborrecía las máquinas. Prefería las hojas sueltas o los cuadernos.
Siempre quise tener un diario, de esos secretos, de los que no puede abrir nadie. Pero nunca lo tuve.
Recuerdo haber escrito mis primeras cosas en libretas de taquigrafía de las rojas y esconderlas bajo el colchón de mi cama. Tampoco duraban gran cosa. Casi siempre tenían destinatario.
Escribía para inventarme mundos posibles. Era escuchada a través de las cartas que le escribía a mi madre. Me creaba situaciones románticas con cartas incipientes que nunca tuvieron éxito.
Al paso de los años, lo único que queda de la escritura es este intento de diario, que de algún modo atestigua mi vida. Hay días en los que el desasosiego llega, se instala y me dicta. Hay otros como hoy, en los que viajo de la mano del recuerdo de alguien, que me lleva a los míos. Y cuando publico el texto, siento que mi carta se va mar adentro, en una botella. Nunca sabes quién te leerá.
miércoles, agosto 03, 2011
Soy pintor porque no puedo ser otra cosa: Julio Galán
Hoy el artista mexicano Julio Galán cumple cinco años de habernos dejado sobre lienzos su vida.
La noche en la que Julio durmió para siempre fue en el Hotel Quinta Real de Zacatecas. Esa suite que está bajando las escaleras del lobby y que ahora lleva su nombre en una placa dorada.
Julio siempre vivió debajo de una escalera. Eso lo descubrí entre las pláticas de sus amadas hermanas cuando ellas me permitieron entrar a su casa y me mostraron aquel cuarto que fue su primer estudio, durante el tiempo que preparamos el primer catálogo póstumo para la exposición "Pensando en ti".
Me agudardaban caminos e historias por descubrir, como las que cada coleccionista me regalaba mientras me dejaba verificar la fidelidad del color de sus cuadros contra mis pruebas de color (un proceso de imprenta)para el catálogo.
Los coleccionistas y su hermosa familia, sus amigos y fotógrafos (inlcuida mi querida LuzMa) me abrieron sus corazones. Me contaron tantos recuerdos invaluables. Memo, su curador, que confió su texto el que leímos y corregimos juntos y del que todavía recuerdo frases completas. Y claro, las anécdotas amorosas y divertidas de su sobrino Felipe.
Carlos Monsiváis se apareció un día justo por la espalda y me preguntó si el texto era lo que yo esperaba para el catálogo. El resto de la conversación es secreta.
Francesco Pellizzi, quien le hizo un tercer texto en el que trata sobre aspectos pictóricos sumamente develadores y deslumbrantes com crítico de arte.
Recuerdo las fotos que se tomó con Andy Warhol y con Francisco Toledo. Julio con un murciélago pintado en la frente. Autoría de Toledo. Esa sonrisa de cómplices en esa foto del catálogo.
Quizá lo más hermoso que me sucedió en esos andares fue precisamente la faceta que me descubrieron sus hermanas. Julio no sólo se limitó a los lienzos de gran formato. A veces, en ocasiones especiales, preparaba detalles únicos para sus más queridos. Es así que una de sus hermanas me enseñó bolsas intervenidas con pinturas de Julio. O cuando me contaron de aquel vestido que intervino para una famosa modelo. O el regalo de bodas que hizo para una de sus hermanas: un collage en el que lucía un vestido de novia con flores vivas.
Julio no conoció límite entre la realidad y la ficción. Estoy segura que su mundo personal rebasa el nuestro. Ése que nos afanamos en tratar de entender. El de Julio, el mundo de Julio es inaccesible para los mortales. Sólo sus cuadros nos recuerdan cada periodo de su vida como pintor, luego como persona.
Julio, el hombre precioso, el vanidoso, el que siempre estaba a la moda. Sus singulares uñas negras. Julio el hermano amado, el tío querido, el compañero de escuela, el amor de otros.
Las innumerables fotos que LuzMa y otros fotógrafos le tomaron, atestiguan una vida ajena a la nuestra. Julio angelical, Julio divino, Julio semidiós, que es la imagen que quizá más amo de él.
Una noche como ésta, Julio se habría quejado de un dolor de cabeza, habría pedido a su chofer que lo llevara al hotel y después habría llamado a su hermana. Una noche como ésta durmió para siempre. Como solo en los cuentos sucede.
La noche en la que Julio durmió para siempre fue en el Hotel Quinta Real de Zacatecas. Esa suite que está bajando las escaleras del lobby y que ahora lleva su nombre en una placa dorada.
Julio siempre vivió debajo de una escalera. Eso lo descubrí entre las pláticas de sus amadas hermanas cuando ellas me permitieron entrar a su casa y me mostraron aquel cuarto que fue su primer estudio, durante el tiempo que preparamos el primer catálogo póstumo para la exposición "Pensando en ti".
Me agudardaban caminos e historias por descubrir, como las que cada coleccionista me regalaba mientras me dejaba verificar la fidelidad del color de sus cuadros contra mis pruebas de color (un proceso de imprenta)para el catálogo.
Los coleccionistas y su hermosa familia, sus amigos y fotógrafos (inlcuida mi querida LuzMa) me abrieron sus corazones. Me contaron tantos recuerdos invaluables. Memo, su curador, que confió su texto el que leímos y corregimos juntos y del que todavía recuerdo frases completas. Y claro, las anécdotas amorosas y divertidas de su sobrino Felipe.
Carlos Monsiváis se apareció un día justo por la espalda y me preguntó si el texto era lo que yo esperaba para el catálogo. El resto de la conversación es secreta.
Francesco Pellizzi, quien le hizo un tercer texto en el que trata sobre aspectos pictóricos sumamente develadores y deslumbrantes com crítico de arte.
Recuerdo las fotos que se tomó con Andy Warhol y con Francisco Toledo. Julio con un murciélago pintado en la frente. Autoría de Toledo. Esa sonrisa de cómplices en esa foto del catálogo.
Quizá lo más hermoso que me sucedió en esos andares fue precisamente la faceta que me descubrieron sus hermanas. Julio no sólo se limitó a los lienzos de gran formato. A veces, en ocasiones especiales, preparaba detalles únicos para sus más queridos. Es así que una de sus hermanas me enseñó bolsas intervenidas con pinturas de Julio. O cuando me contaron de aquel vestido que intervino para una famosa modelo. O el regalo de bodas que hizo para una de sus hermanas: un collage en el que lucía un vestido de novia con flores vivas.
Julio no conoció límite entre la realidad y la ficción. Estoy segura que su mundo personal rebasa el nuestro. Ése que nos afanamos en tratar de entender. El de Julio, el mundo de Julio es inaccesible para los mortales. Sólo sus cuadros nos recuerdan cada periodo de su vida como pintor, luego como persona.
Julio, el hombre precioso, el vanidoso, el que siempre estaba a la moda. Sus singulares uñas negras. Julio el hermano amado, el tío querido, el compañero de escuela, el amor de otros.
Las innumerables fotos que LuzMa y otros fotógrafos le tomaron, atestiguan una vida ajena a la nuestra. Julio angelical, Julio divino, Julio semidiós, que es la imagen que quizá más amo de él.
Una noche como ésta, Julio se habría quejado de un dolor de cabeza, habría pedido a su chofer que lo llevara al hotel y después habría llamado a su hermana. Una noche como ésta durmió para siempre. Como solo en los cuentos sucede.
jueves, julio 21, 2011
Marian
Marian es la hija de mi hermana, entonces mi sobrina. Es una nena muy deseada, no solo por sus padres, sino por toda una familia, a la que solo habían llegado varones.
Marian tiene poco más de un mes. Sus pies son del tamaño de la palma de mi mano. Su carita se va poniendo redonda con paso de los días.
Su cabello oscuro va pintando conforme avanzan las semanas mientras la vemos crecer, estirarse, sonreír.
Ella aún no sabe, que cada vez que paso por ella, me late el corazón de felicidad. Olerla, abrazarla, besarla es delicioso.
Le cuento el mismo cuento que mi padre me solía decir: "Este era un gato con los pies de trapo y los ojos al revés, ¿quieres que te lo cuente otra vez?" y entonces, no se cómo, le sale un gesto que parece una sonrisa. Le gusta que le hable, que le ponga música, que le cante.
Al oído le digo que la quiero. Sus redondos ojitos me observan mientras le doy biberón, y es en ese momento, cuando pienso en todo lo que como mujer le deparará el destino.
Pronto le gustarán las princesas y hasta ya muy grande, tal vez casada, crea en el cuento del prínicpe azul, el que la rescatará del castillo y que bailará con ella un vals, el que la acompañará por la silenciosa vida.
Marian mi amor, no beses sapos, nunca se convierten en príncipes. Ama, pero sobre todo Marian, comparte tu vida con un hombre con el que te ame más de lo que tu lo ames a él.
Marian, que tu vida sea como un cuento de hadas mi niña, que sea un cuento rosa, donde tu corazón solo conozca el amor.
Lee Marian, lee mucho, poruqe leer te abre mundos, escribe Marian, porque escribir alvia el alma. Vive Marian, amada y feliz, mi niña, es lo mejor que tu tía te puede desear.
Te quiero, eres la princesa de mi cuento.
(Y te escribo mientras te observo, aquí en mi mesa, a la luz de una tenue lámpara).
Marian tiene poco más de un mes. Sus pies son del tamaño de la palma de mi mano. Su carita se va poniendo redonda con paso de los días.
Su cabello oscuro va pintando conforme avanzan las semanas mientras la vemos crecer, estirarse, sonreír.
Ella aún no sabe, que cada vez que paso por ella, me late el corazón de felicidad. Olerla, abrazarla, besarla es delicioso.
Le cuento el mismo cuento que mi padre me solía decir: "Este era un gato con los pies de trapo y los ojos al revés, ¿quieres que te lo cuente otra vez?" y entonces, no se cómo, le sale un gesto que parece una sonrisa. Le gusta que le hable, que le ponga música, que le cante.
Al oído le digo que la quiero. Sus redondos ojitos me observan mientras le doy biberón, y es en ese momento, cuando pienso en todo lo que como mujer le deparará el destino.
Pronto le gustarán las princesas y hasta ya muy grande, tal vez casada, crea en el cuento del prínicpe azul, el que la rescatará del castillo y que bailará con ella un vals, el que la acompañará por la silenciosa vida.
Marian mi amor, no beses sapos, nunca se convierten en príncipes. Ama, pero sobre todo Marian, comparte tu vida con un hombre con el que te ame más de lo que tu lo ames a él.
Marian, que tu vida sea como un cuento de hadas mi niña, que sea un cuento rosa, donde tu corazón solo conozca el amor.
Lee Marian, lee mucho, poruqe leer te abre mundos, escribe Marian, porque escribir alvia el alma. Vive Marian, amada y feliz, mi niña, es lo mejor que tu tía te puede desear.
Te quiero, eres la princesa de mi cuento.
(Y te escribo mientras te observo, aquí en mi mesa, a la luz de una tenue lámpara).
sábado, julio 16, 2011
Mi padre y su nogal
Sabes papi, el nogal, tu nogal, ¿te acuerdas?, está cargado de nueces por primera vez. ¿Te acuerdas cuando era apenas una ramita insignificante, o cuando empezaba a crecer? El nogal lo ha visto todo.
Es la única planta que sobrevivió a tu muerte. Cuando te fuiste se secaron tus estopajos y los magueyes. Los columpios, esos que me trajo santa la última navidad con mami, se acabron, quedan solo unos fierros papi.
El nogal lo ha visto todo papi: ha visto crecer a mis hijos, mis hijos lo han visto crecer. Mañana celebramos los ochenta años de la abuela Elisa, en tu jardín, el nogal será testigo.
También celebramos ahí las fiestas de nuestros hijos, y las previas a sus nacimientos papi. Hemos asado carne en tu ausencia, y siempre terminamos en tu recuerdo. Ahí tus hijos varones ríen con sus amigos. Te digo, el nogal lo ha visto todo. Las noviecillas de tus hijos, los esposos de tus hijas.
Cada vez que veo tu hermoso jardín me acuerdo tanto de ti. Incluso de tus últimos días sentado en el sillón de la sala, en esa esquina, desde la que solo podías ver tu jardín. Ayer me acosté en ese mismo sillón, vi la misma escena en la que se posaban tus ojos. Trataba de imaginar lo que habrías pensado aquella tarde en la que me sumí contigo en esa sala, mientras llorabas. Dijiste que no pasaba nada, que te sentías bien. Solo la vida papi, la vida que se te iba, el tiempo que se robaba tu fortaleza.
Papi papi, abrázame desde el infinito cielo. Abrázame que se me hace tarde, abrázame porque a veces la vida pesa. Abrázame porque cada mañana, cuando el olor de café se cuela a mi cuarto me acuerdo de ti, porque cada vez que me siento en ese sillón pienso en ti, porque cada vez que sueño con tu voz siento que llegarás a tocar a mi puerta. Papi papi, abrázame, dime de nuevo que tu casa es mi casa, que soy el amor de tu vida. Bailemos juntos Vaselina en tu cama. Tómame de las manos y gírame hacia ti, necesito ver tus ojos de nuevo.
Es la única planta que sobrevivió a tu muerte. Cuando te fuiste se secaron tus estopajos y los magueyes. Los columpios, esos que me trajo santa la última navidad con mami, se acabron, quedan solo unos fierros papi.
El nogal lo ha visto todo papi: ha visto crecer a mis hijos, mis hijos lo han visto crecer. Mañana celebramos los ochenta años de la abuela Elisa, en tu jardín, el nogal será testigo.
También celebramos ahí las fiestas de nuestros hijos, y las previas a sus nacimientos papi. Hemos asado carne en tu ausencia, y siempre terminamos en tu recuerdo. Ahí tus hijos varones ríen con sus amigos. Te digo, el nogal lo ha visto todo. Las noviecillas de tus hijos, los esposos de tus hijas.
Cada vez que veo tu hermoso jardín me acuerdo tanto de ti. Incluso de tus últimos días sentado en el sillón de la sala, en esa esquina, desde la que solo podías ver tu jardín. Ayer me acosté en ese mismo sillón, vi la misma escena en la que se posaban tus ojos. Trataba de imaginar lo que habrías pensado aquella tarde en la que me sumí contigo en esa sala, mientras llorabas. Dijiste que no pasaba nada, que te sentías bien. Solo la vida papi, la vida que se te iba, el tiempo que se robaba tu fortaleza.
Papi papi, abrázame desde el infinito cielo. Abrázame que se me hace tarde, abrázame porque a veces la vida pesa. Abrázame porque cada mañana, cuando el olor de café se cuela a mi cuarto me acuerdo de ti, porque cada vez que me siento en ese sillón pienso en ti, porque cada vez que sueño con tu voz siento que llegarás a tocar a mi puerta. Papi papi, abrázame, dime de nuevo que tu casa es mi casa, que soy el amor de tu vida. Bailemos juntos Vaselina en tu cama. Tómame de las manos y gírame hacia ti, necesito ver tus ojos de nuevo.
jueves, junio 30, 2011
La lluvia y los recuerdos
Huele a tierra mojada. Después las gotas, después la lluvia, llega la tormenta.
Hace un año estábamos recorriendo Villahermosa, todavía tengo la sensación de ese calor húmedo en el alma.
Me quedé varada bajo la lluvia de Comalcalco, porque mi hijo quería ir al baño, porque lo cuidaba de la lluvia para que no enfermara. Veía a los demás alejarse, subir, gritar, mojarse. Yo ahí cubriendo al pequeño, buscando refugio bajo unas ramas, luego bajo unos periódicos, luego bajo un techo de hojas de palma. Comalcalco solo me dejó conocer su camino de entrada, lo demás lo conocí por fotos.
La lluvia, que llega, que deja recuerdos, que me estanca de agua el corazón y esta noche que llega. Llega y no se quiere marchar. Esta noche que parece larga, ausente y vacía. Triste y melancólica.
Hoy mientras comía recordé a mi abuela, a mi abuelo, casi ví de nuevo cómo se formaba ese río de agua por la calle de su casa, de bajada. Ahí, en esa calle Tepeyac yo dejaba mis barquitos de papel.
Apenas llovía salía a mojarme, en la edad en la que ya era una niña triste, en la edad en la que no me preocupaba nada, excepto mi realidad y la escuela. Pero siempre presta para evadir mi realidad. Se iba junto con los barquitos de papel, porque en esa cuadra pasó todo: ahí dejé mi infancia, ahí vi al primer niño que me gustó, ahí estrené aquella falda con blusa celeste que tanto me gustaba, ahí jugué futbeis, futbol, escondidadas, quemados, calabaceado, escondidas.
En esa calle nos subimos al carro por última vez como familia mi padre, mi madre y nosotras tres. Ahí, en el portón de esa cochera yo me sentaba a llorar a mi madre. Ahí cortaba aguacates y ahí crié a mi primera tortuga: pascualita, ahí la encontré muerta años después. En esa misma cuadra se perdió mi primer perro, el whisky, mi primer regalo de Santa Clos.
Ahí en esa cuadra, en la banqueta de esa cochera, mi abuelo escribió mi nombre y el de mis hermanas sobre el cemento fresco. En esa cuadra, vivían las abuelitas de mis amigas Elisita y Violeta. Ahí nos juntábamos todos, por las tardes, y por las noches de fines de semana después de cenar.
En esa cuadra le dieron un balazo a Chuyito, lo atropellaron dos veces, y en esa misma cuadra vivía Quique, su mejor amigo, quien murió en la adolescencia.
En esa cuadra no pasó nada a excepción de mi vida entera.
Esta noche, qué ganas tengo de asomarme por esa barda para ver quién juega y salir corriendo para desvelarnos jugando, bajo los rayos de la luna, buscando la bais para contar y para salir corriendo a gritar: una, dos y tres por mí.
Hace un año estábamos recorriendo Villahermosa, todavía tengo la sensación de ese calor húmedo en el alma.
Me quedé varada bajo la lluvia de Comalcalco, porque mi hijo quería ir al baño, porque lo cuidaba de la lluvia para que no enfermara. Veía a los demás alejarse, subir, gritar, mojarse. Yo ahí cubriendo al pequeño, buscando refugio bajo unas ramas, luego bajo unos periódicos, luego bajo un techo de hojas de palma. Comalcalco solo me dejó conocer su camino de entrada, lo demás lo conocí por fotos.
La lluvia, que llega, que deja recuerdos, que me estanca de agua el corazón y esta noche que llega. Llega y no se quiere marchar. Esta noche que parece larga, ausente y vacía. Triste y melancólica.
Hoy mientras comía recordé a mi abuela, a mi abuelo, casi ví de nuevo cómo se formaba ese río de agua por la calle de su casa, de bajada. Ahí, en esa calle Tepeyac yo dejaba mis barquitos de papel.
Apenas llovía salía a mojarme, en la edad en la que ya era una niña triste, en la edad en la que no me preocupaba nada, excepto mi realidad y la escuela. Pero siempre presta para evadir mi realidad. Se iba junto con los barquitos de papel, porque en esa cuadra pasó todo: ahí dejé mi infancia, ahí vi al primer niño que me gustó, ahí estrené aquella falda con blusa celeste que tanto me gustaba, ahí jugué futbeis, futbol, escondidadas, quemados, calabaceado, escondidas.
En esa calle nos subimos al carro por última vez como familia mi padre, mi madre y nosotras tres. Ahí, en el portón de esa cochera yo me sentaba a llorar a mi madre. Ahí cortaba aguacates y ahí crié a mi primera tortuga: pascualita, ahí la encontré muerta años después. En esa misma cuadra se perdió mi primer perro, el whisky, mi primer regalo de Santa Clos.
Ahí en esa cuadra, en la banqueta de esa cochera, mi abuelo escribió mi nombre y el de mis hermanas sobre el cemento fresco. En esa cuadra, vivían las abuelitas de mis amigas Elisita y Violeta. Ahí nos juntábamos todos, por las tardes, y por las noches de fines de semana después de cenar.
En esa cuadra le dieron un balazo a Chuyito, lo atropellaron dos veces, y en esa misma cuadra vivía Quique, su mejor amigo, quien murió en la adolescencia.
En esa cuadra no pasó nada a excepción de mi vida entera.
Esta noche, qué ganas tengo de asomarme por esa barda para ver quién juega y salir corriendo para desvelarnos jugando, bajo los rayos de la luna, buscando la bais para contar y para salir corriendo a gritar: una, dos y tres por mí.
sábado, junio 25, 2011
Madre, acompáñame a la playa esta noche.
A veces atesoramos recuerdos de los que no deseamos desprendernos. Ayer con una frase de mi amado esposo me dí cuenta que no tenía ni un solo recuerdo estrujante, inolvidable de mi madre.
Claro, he ido al mar con los hombres de mi vida: con mi padre a Manzanillo, con Daniel y mi hijo a La Habana.
Pero de repente me sentí falta de compañía femenina. De esa que te enseña a ir de compras, a escoger zapatos, a pintarte las uñas, a cortarte el pelo, a escoger vestido, a contarle las intimidades que como mujer uno acumula a lo largo de la vida.
Y entonces me sentí sola. Muy sola. Entendí, quizá, porqué anhelé tanto tener una hija. Ya será en otra vida. Daniel me lo ha prometido.
Yo, quizá, en esta vida me alcance a reconciliar con las mujeres que tengo cerca, por lo pronto mis hermanas, o la esposa de mi padre, quien ha fungido, lo más cercano a una amiga, y en ratos a una madre, y se que es solo porque se me complica querer.
Querer, amar, no han sido tareas muy fáciles nunca, quizá porque la vida me ha demostrado que todos, tarde o temprano tienen que irse y empiezo de nuevo sola. Y eso seguramente, es lo que me hace mantener los sentimientos en la rayita siempre.
Pero vuelvo, mi madre, esa chica inteligente y guapa que me trajo al mundo, la que me alimentó con su cariño, la que aguantó viva hasta que me bajé de aquella ambulancia, la que me pidió que rezara, y es quizá el peor y más doloroso recuerdo que tengo, pero quizá el más íntimo: el miedo a morir, que en ese momento le rondaba. Quería, quizá que me acordara de ella así, mortal, con miedo. Con ansia de mi ingenua compañía infantil.
Mi madre, a la que solo en mi recuerdo llevo a la playa, o de compras, mi madre, la que en silencio extraño. De la que poco recuerdo, a la que tanto anhelo. Mi madre, Monis, porque siempre andaba así, linda, maquillada, impecablemente vestida. Mami, arrúallame esta noche en la que no logro conciliar el sueño. Arrúllame y llévame al refugio de la infancia, en la que fuimos tan felices.
Monis, ven a mi sueño esta noche, vamos a la orilla de la playa, tendámonos bajo la luna y cuéntame tus sueños de mujer. Yo te contaré en qué va mi vida. Sumérgete conmigo en esa fría agua azul que tenemos frente a nosotras. Acompáñame en la risa, hasta que amanezca. Llévame contigo cuando menos esta noche.
Claro, he ido al mar con los hombres de mi vida: con mi padre a Manzanillo, con Daniel y mi hijo a La Habana.
Pero de repente me sentí falta de compañía femenina. De esa que te enseña a ir de compras, a escoger zapatos, a pintarte las uñas, a cortarte el pelo, a escoger vestido, a contarle las intimidades que como mujer uno acumula a lo largo de la vida.
Y entonces me sentí sola. Muy sola. Entendí, quizá, porqué anhelé tanto tener una hija. Ya será en otra vida. Daniel me lo ha prometido.
Yo, quizá, en esta vida me alcance a reconciliar con las mujeres que tengo cerca, por lo pronto mis hermanas, o la esposa de mi padre, quien ha fungido, lo más cercano a una amiga, y en ratos a una madre, y se que es solo porque se me complica querer.
Querer, amar, no han sido tareas muy fáciles nunca, quizá porque la vida me ha demostrado que todos, tarde o temprano tienen que irse y empiezo de nuevo sola. Y eso seguramente, es lo que me hace mantener los sentimientos en la rayita siempre.
Pero vuelvo, mi madre, esa chica inteligente y guapa que me trajo al mundo, la que me alimentó con su cariño, la que aguantó viva hasta que me bajé de aquella ambulancia, la que me pidió que rezara, y es quizá el peor y más doloroso recuerdo que tengo, pero quizá el más íntimo: el miedo a morir, que en ese momento le rondaba. Quería, quizá que me acordara de ella así, mortal, con miedo. Con ansia de mi ingenua compañía infantil.
Mi madre, a la que solo en mi recuerdo llevo a la playa, o de compras, mi madre, la que en silencio extraño. De la que poco recuerdo, a la que tanto anhelo. Mi madre, Monis, porque siempre andaba así, linda, maquillada, impecablemente vestida. Mami, arrúallame esta noche en la que no logro conciliar el sueño. Arrúllame y llévame al refugio de la infancia, en la que fuimos tan felices.
Monis, ven a mi sueño esta noche, vamos a la orilla de la playa, tendámonos bajo la luna y cuéntame tus sueños de mujer. Yo te contaré en qué va mi vida. Sumérgete conmigo en esa fría agua azul que tenemos frente a nosotras. Acompáñame en la risa, hasta que amanezca. Llévame contigo cuando menos esta noche.
miércoles, junio 08, 2011
El dolor de los otros : : Caravana por la Paz y la Dignidad
"Traigo tanto sol adentro, que ya tanto sol me cansa" dice el Poema Sol de Monterrey de Alfonso Reyes.
Antes de las seis empezamos a llegar a la Macroplaza los que saldríamos un poco más tarde marchando rumbo a la Plaza de Colegio Civil donde nos esperaban otros tantos. Había decidido dejar de quejarme y hacer algo. Entonces marchar era la opción. Mis hijos me acompañarían, me convencía yo, para que tuvieran su primer lección cívica en la vida.
Le explicaba al mayor, que el que se queja y no hace nada, no tiene derecho ni a quejarse. Esperaba, según yo, mares de gente, de esos que se sienten indignados en las redes sociales.
No, no llegamos tantos, pero seguro fuimos en nombre de muchos que decidieron quedarse en casa. Enfiló la marcha y nosotros en ella. Mis hijos y yo gritábamos proclamas, empezamos por "Ni un muerto más" y entre más lo repetía más me indignaba lo que acontece a diario. Después cambiamos "Monterrey no es cuartel es ejército de él" y ahí el sentimiento era ambiguo. Sin embargo, el que más se escuchaba, el que más coraje nos daba a todos, ya cuando caminábamos por la Avenida Juárez era "Pueblo protesta o jamás saldrás de ésta". La gente entonces cambiaba su cara a despavorida, otros se unían con el claxón, otros, los menos, se animaban a caminar junto a nosotros por encima de la banqueta.
Llegamos a Colegi Civil, ya había mucha más gente aguardando nuestra llegada. No podía creer que hubiera tomado una calle, que me hubiera atrevido a estorbar el tráfico, pero cuando recordaba la carita de mi nene pequeño y su voz gritando "Ni un muerto más" me convencía de que había hecho lo correcto. Estábamos exigiendo una ciudad como en la que yo crecí. Y en la que merecen vivir.
Dos grupos de rock entre los testimonios de allegados a víctimas de la delincuencia. Caída la noche, llegó la Caravana.
Javier Sicilia llegaba con otros que habían perdido un hijo, una hija, un esposo, un sobrino. Y empezó la ola de testimonios. Todos increíbles. Todos atendidos con el desprecio de la autoridad. Muchos reclamaban el despertar de la sociedad para exigir la paz en la que merecemos vivir. Otros se preguntaban, cómo era posible que en una ciudad como esta, donde vivimos cosas terribles a diario hubiera tan poca participación ciudadana. La mayoría eran jovencitos, muchos otros, que somos hijos de los que vivieron el 68 y que de alguna manera nos heredaron el gen de la inconformidad.
Cada testimonio iba acompañado de inmenso dolor. Hubo ocasiones en las que el llanto prevaleció a la historia y todos comprendíamos. No están solos. Una mujer, a la que le han matado a todos sus hermanos dijo "el dolor duele, duele hasta la sangre" y esa frase cala hondo. Cómo no sentir su dolor, cómo no querer cobijar a las mujeres cuyo dolor les impedía hablar. La esperanza de ver a su amado familiar, de tener alguna información llegaba a dar escalofrío. No es posible que no seamos informados de todo lo que acontece. La lista crecía, algunos victimados inocentes, otros inculpados inocentes, otros muertos, pero a todos se los habían llevado vivos.
Más tarde Doña Rosario Ibarra de Piedra, dijo unas palabras sencillas y alentadoras "ya hubiéramos querido encontrar a gente como ustedes cuando empezábamos a buscar a nuestros hijos" (en referencia a la desaparición de su hijo después de los movimientos del 68). Ella explicó que los levantones no existen, son desapariciones
forzadas, todos esos "levantones" son secuestros.
Imagínate si usáramos el vocablo correcto de secuestro para cada desaparecido, ya tuviéramos una revolución o, ¿no?.
Después vino Sicilia quien explicó que la marcha que terminará en Ciudad Juárez tiene el objetivo de meter una iniciativa en la que, entre otras cosas contemple el voto en blanco: o sea, contaremos los inconformes.
Termió aquel acto cívico con la voz de Dolores Rangel entonando "Solo le pido a Dios" y todos, nos unimos nuestras voces. Estaba segura, de que así como yo estaba acompañada por mi familia, muchos otros estaban arropados de amor por sus familias, pero esa noche, conocimos a los otros, los que ya no duermen en paz, los que ya no concilian en sueño por la pena y el dolor. Nunca más podrán serme indiferentes. Me duele su dolor. Me duele hasta la sangre. Me duelen los muertos de hoy: el colgado en un puente, el ejectuado en la Estanzuela y esa mujer, cuyo cuerpo separado, enmudeció para siempre. ¿A quién no le duelen?, ¿a quién?.
Antes de las seis empezamos a llegar a la Macroplaza los que saldríamos un poco más tarde marchando rumbo a la Plaza de Colegio Civil donde nos esperaban otros tantos. Había decidido dejar de quejarme y hacer algo. Entonces marchar era la opción. Mis hijos me acompañarían, me convencía yo, para que tuvieran su primer lección cívica en la vida.
Le explicaba al mayor, que el que se queja y no hace nada, no tiene derecho ni a quejarse. Esperaba, según yo, mares de gente, de esos que se sienten indignados en las redes sociales.
No, no llegamos tantos, pero seguro fuimos en nombre de muchos que decidieron quedarse en casa. Enfiló la marcha y nosotros en ella. Mis hijos y yo gritábamos proclamas, empezamos por "Ni un muerto más" y entre más lo repetía más me indignaba lo que acontece a diario. Después cambiamos "Monterrey no es cuartel es ejército de él" y ahí el sentimiento era ambiguo. Sin embargo, el que más se escuchaba, el que más coraje nos daba a todos, ya cuando caminábamos por la Avenida Juárez era "Pueblo protesta o jamás saldrás de ésta". La gente entonces cambiaba su cara a despavorida, otros se unían con el claxón, otros, los menos, se animaban a caminar junto a nosotros por encima de la banqueta.
Llegamos a Colegi Civil, ya había mucha más gente aguardando nuestra llegada. No podía creer que hubiera tomado una calle, que me hubiera atrevido a estorbar el tráfico, pero cuando recordaba la carita de mi nene pequeño y su voz gritando "Ni un muerto más" me convencía de que había hecho lo correcto. Estábamos exigiendo una ciudad como en la que yo crecí. Y en la que merecen vivir.
Dos grupos de rock entre los testimonios de allegados a víctimas de la delincuencia. Caída la noche, llegó la Caravana.
Javier Sicilia llegaba con otros que habían perdido un hijo, una hija, un esposo, un sobrino. Y empezó la ola de testimonios. Todos increíbles. Todos atendidos con el desprecio de la autoridad. Muchos reclamaban el despertar de la sociedad para exigir la paz en la que merecemos vivir. Otros se preguntaban, cómo era posible que en una ciudad como esta, donde vivimos cosas terribles a diario hubiera tan poca participación ciudadana. La mayoría eran jovencitos, muchos otros, que somos hijos de los que vivieron el 68 y que de alguna manera nos heredaron el gen de la inconformidad.
Cada testimonio iba acompañado de inmenso dolor. Hubo ocasiones en las que el llanto prevaleció a la historia y todos comprendíamos. No están solos. Una mujer, a la que le han matado a todos sus hermanos dijo "el dolor duele, duele hasta la sangre" y esa frase cala hondo. Cómo no sentir su dolor, cómo no querer cobijar a las mujeres cuyo dolor les impedía hablar. La esperanza de ver a su amado familiar, de tener alguna información llegaba a dar escalofrío. No es posible que no seamos informados de todo lo que acontece. La lista crecía, algunos victimados inocentes, otros inculpados inocentes, otros muertos, pero a todos se los habían llevado vivos.
Más tarde Doña Rosario Ibarra de Piedra, dijo unas palabras sencillas y alentadoras "ya hubiéramos querido encontrar a gente como ustedes cuando empezábamos a buscar a nuestros hijos" (en referencia a la desaparición de su hijo después de los movimientos del 68). Ella explicó que los levantones no existen, son desapariciones
forzadas, todos esos "levantones" son secuestros.
Imagínate si usáramos el vocablo correcto de secuestro para cada desaparecido, ya tuviéramos una revolución o, ¿no?.
Después vino Sicilia quien explicó que la marcha que terminará en Ciudad Juárez tiene el objetivo de meter una iniciativa en la que, entre otras cosas contemple el voto en blanco: o sea, contaremos los inconformes.
Termió aquel acto cívico con la voz de Dolores Rangel entonando "Solo le pido a Dios" y todos, nos unimos nuestras voces. Estaba segura, de que así como yo estaba acompañada por mi familia, muchos otros estaban arropados de amor por sus familias, pero esa noche, conocimos a los otros, los que ya no duermen en paz, los que ya no concilian en sueño por la pena y el dolor. Nunca más podrán serme indiferentes. Me duele su dolor. Me duele hasta la sangre. Me duelen los muertos de hoy: el colgado en un puente, el ejectuado en la Estanzuela y esa mujer, cuyo cuerpo separado, enmudeció para siempre. ¿A quién no le duelen?, ¿a quién?.
miércoles, junio 01, 2011
¿Dónde me quedé?
Casi siempre me preguntan que si soy de aquí (Monterrey) eso me hace sospechar que soy una regia atípica. Tampoco me interesa mucho saber qué es lo que descubren en mí que les parezca raro. Entonces salgo al paso diciendo que de niña, viví en el DF.
Ahora está bien decirlo porque cualquier ciudad parece mejor para radicar.
El caso es que siempre he renegado de mi regiomontaneidad porque nunca (excepto cuando iba a EU) sentía que era de aquí.
Siento como si perteneciera más al sur que al norte o a cualquier sitio menos al que relamente nací. Nunca he soportado el clima, ni el culto a la fregonería, ni me identifico con algún sellito regiomontano.
Hace poco escuché y critiqué una charla de Norbert Bilbeny que versaba sobre el ciudadano cosmopolita. Particularmente en la expresión de que cualquiera se siente ciudadano de cualquier lado.
El caso es que hace unos días, pisé un suelo distinto, y si bien, no soy de ahí, ni tampoco lo comprendí todo, mi empatía me decía de aquí eres. Y de ahí soy. De esa otredad, tan distinta a la que mi cotidianidad permite, tan distinta a todo lo que ví y viví antes, y entonces, me inunda eso que Pessoa describía como saudade.
Ya no estoy ahí, ya no como lo que ahí, no camino por sus calles, ni visto como las mujeres de ese sitio, y de pronto siento que dejé mi corazón allá, mi sentido de la pertenencia en cualquier esquina.
En mi maleta llegó la ropa de manta, los chales y los collares, todo venía ahí, excepto mi corazón, ese se habrá quedado ahí, en cualquier plato de mole, en cualquier vasito del mezcal que bebí o se lo habrán llevado los pajaritos que me despertaban por las mañanas en ese lindo patiecito del hotel.
El caso es que me siento como un cascarón vacío. Y me pregunto, si eso del ciudadano cosmopilita y ese término de diaspora people aplica o replica en mi.
Ahora está bien decirlo porque cualquier ciudad parece mejor para radicar.
El caso es que siempre he renegado de mi regiomontaneidad porque nunca (excepto cuando iba a EU) sentía que era de aquí.
Siento como si perteneciera más al sur que al norte o a cualquier sitio menos al que relamente nací. Nunca he soportado el clima, ni el culto a la fregonería, ni me identifico con algún sellito regiomontano.
Hace poco escuché y critiqué una charla de Norbert Bilbeny que versaba sobre el ciudadano cosmopolita. Particularmente en la expresión de que cualquiera se siente ciudadano de cualquier lado.
El caso es que hace unos días, pisé un suelo distinto, y si bien, no soy de ahí, ni tampoco lo comprendí todo, mi empatía me decía de aquí eres. Y de ahí soy. De esa otredad, tan distinta a la que mi cotidianidad permite, tan distinta a todo lo que ví y viví antes, y entonces, me inunda eso que Pessoa describía como saudade.
Ya no estoy ahí, ya no como lo que ahí, no camino por sus calles, ni visto como las mujeres de ese sitio, y de pronto siento que dejé mi corazón allá, mi sentido de la pertenencia en cualquier esquina.
En mi maleta llegó la ropa de manta, los chales y los collares, todo venía ahí, excepto mi corazón, ese se habrá quedado ahí, en cualquier plato de mole, en cualquier vasito del mezcal que bebí o se lo habrán llevado los pajaritos que me despertaban por las mañanas en ese lindo patiecito del hotel.
El caso es que me siento como un cascarón vacío. Y me pregunto, si eso del ciudadano cosmopilita y ese término de diaspora people aplica o replica en mi.
sábado, mayo 21, 2011
Para Tony en su cumpleaños.
Eres el más chiquito de los hermanos. El más chiquito de la casa. Tu nombre lo llevó nuestro abuelo paterno. Tu sobrenombre Tony, lo llevó nuestro bisabuelo del lado García.
Esto de cargar con los nombres de los ancestros, si te lo piensas bien, también es divertido, porque tienes de los dos: por un lado eres travieso y trabajador como Antonio y por el otro eres muy inteligente, como Tony. Les heredas a los dos y los honras.
Esa vena médica que le heredaste a papá es francamente envidiable. No solo por tu habilidad, sino porque además llevas el apellido preciso para honrar la memoria de papá.
Mi Tony, mi hermano, papá estaría muy orgulloso de verte hoy convertido en todo un hombrecito, que además cursa la misma carrera.
Como hermana, no solo estoy orgullosa de tus logros, me sumo a tu corazón y te digo, que aunque el camino parece arduo, y la carrera no es fácil, piensa siempre que con lo que estudias podrás salvar vidas. Que la vida es el más grande tesoro del hombre y que serás bienaventurado por tu dedicación.
Te abrazo fuerte y te deseo, como siempre, éxito, salud y larga, muy larga y sana vida.
Esto de cargar con los nombres de los ancestros, si te lo piensas bien, también es divertido, porque tienes de los dos: por un lado eres travieso y trabajador como Antonio y por el otro eres muy inteligente, como Tony. Les heredas a los dos y los honras.
Esa vena médica que le heredaste a papá es francamente envidiable. No solo por tu habilidad, sino porque además llevas el apellido preciso para honrar la memoria de papá.
Mi Tony, mi hermano, papá estaría muy orgulloso de verte hoy convertido en todo un hombrecito, que además cursa la misma carrera.
Como hermana, no solo estoy orgullosa de tus logros, me sumo a tu corazón y te digo, que aunque el camino parece arduo, y la carrera no es fácil, piensa siempre que con lo que estudias podrás salvar vidas. Que la vida es el más grande tesoro del hombre y que serás bienaventurado por tu dedicación.
Te abrazo fuerte y te deseo, como siempre, éxito, salud y larga, muy larga y sana vida.
miércoles, mayo 18, 2011
Sobre Los Ingrávidos
Leo Los Ingrávidos. Es un libro que escribió Valeria Luiselli. Lo editó deliciosamente sextopiso. Hacía mucho que no tenía tiempo de leer algo así, inesperado, recomendado y que empecé, con cierto recelo, en la segunda página se me quitó.
La lectura me va llevando a buen puerto. Intercala dos historias, dos tiempos.
La primera pareciera esa vida anodina de toda mujer:el hogar, los hijos.
La segunda es su vida de soltera, como editora en Nueva York.
Y pienso ¿cómo es que disfruto tanto el librito?¿Será porque soy esas dos voces?, pero sobre todo esa mujer anodina, que solo es independiente mientras se sienta a editar. O será que quiero ser esas dos porque se lo que se siente ser, y luego renunciar a ser, porque se atraviesa la maternidad. Luego remontar, regresar al trabajo, a la presión. Ahora al estudio.
Y me repregunto, ¿seré ella, en esas dos voces? posiblemente, aunque no me suba al metro, ni me persiga el fantasma de Owen. Llevo un tercio, y quiero avanzar sin que se acabe.
Hoy, camino al coche, pensaba, ¿cómo es que se le ocurrió el nombre de Los ingávidos?
Será porque me va contando sus amoríos, ¿será porque esos personajes masculinos, no se embarazan ni en su novela, ni en mi realidad?
Y me acordaba del estado de gravidez, de la ingravidez y de todos esos términos que solo refieren a la condición femenina.
No importa, seguiré leyendo, léanlo, se antoja un estilo narrativo fresco, como si fuera de temporada. Esta chica que cuenta poco, como en dosis de enfermo terminal, que juega con las palabras, a recomponerlas, a descomponerlas, crea mundos, palabras, nombres y hombres que pareciera que están ahí frente a nosotros. Para cuando reparas, te ha contado mucho, pero ese ritmo, esa cadencia narrativa, sumerjen en la lectura. Y yo gozo ser lectora.
Se antoja, para pasar las tardes así, tirada en el sillón, metiéndome a vivir sus vidas. Dejando mi vida de lado, que a ratos, me parece que cuenta parte de mi historia.
La lectura me va llevando a buen puerto. Intercala dos historias, dos tiempos.
La primera pareciera esa vida anodina de toda mujer:el hogar, los hijos.
La segunda es su vida de soltera, como editora en Nueva York.
Y pienso ¿cómo es que disfruto tanto el librito?¿Será porque soy esas dos voces?, pero sobre todo esa mujer anodina, que solo es independiente mientras se sienta a editar. O será que quiero ser esas dos porque se lo que se siente ser, y luego renunciar a ser, porque se atraviesa la maternidad. Luego remontar, regresar al trabajo, a la presión. Ahora al estudio.
Y me repregunto, ¿seré ella, en esas dos voces? posiblemente, aunque no me suba al metro, ni me persiga el fantasma de Owen. Llevo un tercio, y quiero avanzar sin que se acabe.
Hoy, camino al coche, pensaba, ¿cómo es que se le ocurrió el nombre de Los ingávidos?
Será porque me va contando sus amoríos, ¿será porque esos personajes masculinos, no se embarazan ni en su novela, ni en mi realidad?
Y me acordaba del estado de gravidez, de la ingravidez y de todos esos términos que solo refieren a la condición femenina.
No importa, seguiré leyendo, léanlo, se antoja un estilo narrativo fresco, como si fuera de temporada. Esta chica que cuenta poco, como en dosis de enfermo terminal, que juega con las palabras, a recomponerlas, a descomponerlas, crea mundos, palabras, nombres y hombres que pareciera que están ahí frente a nosotros. Para cuando reparas, te ha contado mucho, pero ese ritmo, esa cadencia narrativa, sumerjen en la lectura. Y yo gozo ser lectora.
Se antoja, para pasar las tardes así, tirada en el sillón, metiéndome a vivir sus vidas. Dejando mi vida de lado, que a ratos, me parece que cuenta parte de mi historia.
domingo, mayo 08, 2011
Mami : : Mami
En esas cuatro letras me reencuentro. En esas cuatro letras fundo mi corazón y mi amor diario. Esa palabra bisílaba y débil me da fuerza para soportarlo todo. Para cargar con todo. Para hacer a un lado todo y seguir mi camino.
Esas cuatro letras me hacen la mujer que soy, y la que debo ser. Me recuerdan que tengo una obligación. Esa justa palabrita, la que tanto me dolía no poder pronuniciar de niña, me ha rescatado, incluso de mi misma.
Tengo el privilegio de ser madre. Han sido concebidos en mi vientre, los padecí en mi cuerpo. Me robaron todo: mi figura, mi energía, mi estómago. Los amaba desde antes de conocerlos. Nos unía el ombligo y el latido de nuestros corazones.
Ellos no saben, nunca sabrán, que siempre quiero que mayo pase rápido, porque me duele no tener a madre para verle envejecer, para cargarla, para acompañarla, para reirnos juntas, para acudir a su consejo, o para cerrar sus ojos, para ir a la playa juntas. La acompañé, estoy segura, hasta el último latido de su corazón. Hasta su último aliento. Todo me remite a ella. De ella vengo y a ella me debo. De ella soy. Ella es de mí, y mía. Llevo su sangre, su apellido y su sonrisa, su altura, su cabello negro, lacio y largo, facciones de mi rostro, rasgos de mi cuerpo.
Mami linda, querida, tu que colgaste tu título de dentista para atenderme, mimarme amarme el corto tiempo que la vida nos dejó, te digo ahora, que soy madre, que te amo, que te llevo, que en tí soy, que de ti vengo. Soy tu. Tu mía. Yo tuya.
Mami, te quiero siempre.
Esas cuatro letras me hacen la mujer que soy, y la que debo ser. Me recuerdan que tengo una obligación. Esa justa palabrita, la que tanto me dolía no poder pronuniciar de niña, me ha rescatado, incluso de mi misma.
Tengo el privilegio de ser madre. Han sido concebidos en mi vientre, los padecí en mi cuerpo. Me robaron todo: mi figura, mi energía, mi estómago. Los amaba desde antes de conocerlos. Nos unía el ombligo y el latido de nuestros corazones.
Ellos no saben, nunca sabrán, que siempre quiero que mayo pase rápido, porque me duele no tener a madre para verle envejecer, para cargarla, para acompañarla, para reirnos juntas, para acudir a su consejo, o para cerrar sus ojos, para ir a la playa juntas. La acompañé, estoy segura, hasta el último latido de su corazón. Hasta su último aliento. Todo me remite a ella. De ella vengo y a ella me debo. De ella soy. Ella es de mí, y mía. Llevo su sangre, su apellido y su sonrisa, su altura, su cabello negro, lacio y largo, facciones de mi rostro, rasgos de mi cuerpo.
Mami linda, querida, tu que colgaste tu título de dentista para atenderme, mimarme amarme el corto tiempo que la vida nos dejó, te digo ahora, que soy madre, que te amo, que te llevo, que en tí soy, que de ti vengo. Soy tu. Tu mía. Yo tuya.
Mami, te quiero siempre.
domingo, abril 24, 2011
Prudence
No se titula Prudence ni por canción ni por menos que eso o cercano a eso. Este post se llama Prudence porque es el tránsito, la aclaración. Como una nota al final de una carta. La prudencia.
Este blog es un ejercicio meramente personal para recordarme que si me dedico a editar y que si no se me da ficcionar entonces debo hacer algo con lo que me inquieta, me sacude me estruja.
Realmente es un ejercicio personal, al que son invitados mis amigos o lectores recurrentes.
Esta semana mi querida amiga Pato me escribió muchos posts diciéndome quele hice llorar. Pato tal vez lloras porque nuestras vidas tiene cosas en común, o porque te recuerdo o remuevo cosas en ti. Este es el riesgo de la escritura personal.
Hace unos días dediqué un par de horas a querer escribir ficción. No me salieron más de dos párrafos y entonces me di cuenta de que mi blog estaba en el camino correcto.
Todos tenemos una historia que contar y en ella siempre se enreda nuestra vida.
Yo decidí que contaré solo lo menos pesado, solo para recordar, para atestiguar, para vaciarme.
No es mi intención hacer llorar, tal vez es mi intención de no llorar la que se escibr sola.
Un abrazo a quien he hecho llorar sin querer.
Este blog es un ejercicio meramente personal para recordarme que si me dedico a editar y que si no se me da ficcionar entonces debo hacer algo con lo que me inquieta, me sacude me estruja.
Realmente es un ejercicio personal, al que son invitados mis amigos o lectores recurrentes.
Esta semana mi querida amiga Pato me escribió muchos posts diciéndome quele hice llorar. Pato tal vez lloras porque nuestras vidas tiene cosas en común, o porque te recuerdo o remuevo cosas en ti. Este es el riesgo de la escritura personal.
Hace unos días dediqué un par de horas a querer escribir ficción. No me salieron más de dos párrafos y entonces me di cuenta de que mi blog estaba en el camino correcto.
Todos tenemos una historia que contar y en ella siempre se enreda nuestra vida.
Yo decidí que contaré solo lo menos pesado, solo para recordar, para atestiguar, para vaciarme.
No es mi intención hacer llorar, tal vez es mi intención de no llorar la que se escibr sola.
Un abrazo a quien he hecho llorar sin querer.
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